Durante semanas, Amparo se repitió que Luna estaría mejor en una finca. La noche antes de entregarla, una sombra trepó por el patio interior y entró en su casa.

Durante semanas, Amparo se repitió que Luna estaría mejor en una finca. La noche antes de entregarla, una sombra trepó por el patio interior y entró en su casa.

Amparo tenía sesenta y tres años, era viuda y hacía arreglos de ropa en un pequeño local de Valencia.

Luna era una mestiza de presa canario que había pertenecido a su hijo antes de que él se marchara a Irlanda.

La perra era enorme.

En el ascensor, la gente se pegaba a la pared.

Pero en casa pedía permiso con la mirada antes de subir al sofá y se escondía bajo la mesa cuando escuchaba petardos.

El propietario del piso anunció que iba a reformar el edificio.

— Los animales grandes complican el seguro.

— Lleva aquí cinco años.

— Pues ha tenido suerte cinco años.

Le dio diez días.

Amparo encontró una finca en Requena donde necesitaban una perra para vigilar herramientas y gallinas.

La noche anterior al traslado, un apagón dejó varias calles sin luz.

Amparo encendió dos velas.

Luna no se acostó. Permaneció mirando la puerta del balcón.

De pronto se oyó un golpe.

Un joven había trepado desde el patio interior y forzado el cierre.

Entró respirando con dificultad.

— Tranquila, señora. Solo necesito salir por el portal.

— Sal por donde has entrado.

En el patio se escuchaban sirenas.

Venía huyendo después de un robo.

Dio un paso hacia Amparo.

Luna se colocó delante.

No atacó.

Solo le cerró el camino.

— Quite al perro.

— Ella está en su casa.

El muchacho sacó un manojo de llaves y lo lanzó sobre la mesa.

— No he venido por usted. Busco el piso de arriba.

— Allí vive una anciana.

— Precisamente.

Luna olfateó las llaves, agarró una con los dientes y corrió hacia el pasillo.

Se detuvo ante el armario empotrado y arañó la puerta.

Desde dentro se oyó un golpe.

Luego una voz temblorosa:

— Amparo… ¿eres tú?

Era Carmen, la vecina del piso superior.

Amparo abrió.

La mujer estaba encerrada, con las manos atadas por delante.

El joven intentó llegar hasta ella.

Luna se interpuso.

— Esa mujer ha visto algo que no debía, dijo él.

Carmen contó a toda prisa que había sorprendido a dos hombres entrando en un piso vacío. La habían obligado a bajar por la escalera interior y la escondieron allí mientras buscaban joyas y dinero.

El otro ladrón seguía en el edificio.

Amparo gritó por la ventana.

Los vecinos aparecieron en los balcones con linternas.

El joven trató de huir, pero Luna no le permitió acercarse a la puerta.

La policía llegó pocos minutos después y detuvo a ambos hombres.

Habían usado llaves copiadas durante unas obras.

La llave que Luna había recogido pertenecía al armario donde encerraron a Carmen.

A la mañana siguiente, el propietario llegó con un técnico.

— Me han contado lo ocurrido.

— Entonces también sabrá que Luna no atacó a nadie.

— Podríamos hacer una excepción.

Amparo negó con la cabeza.

— No quiero una excepción. Quiero un contrato donde no se juzgue a un animal por su tamaño.

El hombre no aceptó.

Amparo se mudó.

Carmen tenía una sobrina que alquilaba una planta baja cerca de su hija. Había una terraza pequeña con dos limoneros en macetas.

— Luna puede quedarse, dijo la sobrina. Mi tía insiste en que la perra tiene más educación que muchos vecinos.

El día de la mudanza, el joven de la finca de Requena llamó.

— ¿A qué hora trae a la perra?

— No la llevo.

— Ya habíamos quedado.

— Cambié de idea.

— ¿Por qué?

Amparo miró a Luna, que dormía sobre la manta preparada para el viaje.

— Porque no necesito que vigile las cosas de nadie. Necesito que viva conmigo.

Carmen se recuperó bien del susto.

Durante meses tuvo miedo de quedarse sola.

Luna empezó a acompañarla algunas tardes.

La anciana leía junto a la terraza mientras la perra dormía cerca.

— Antes me asustaban estos perros, confesó una vez.

— A casi todos.

— Ahora me asustan más las personas con llaves.

Amparo se rio.

El antiguo propietario intentó retener parte de la fianza alegando daños del animal.

Amparo presentó fotografías y testigos. Recuperó el dinero.

Con una parte compró una cama nueva para Luna.

El primer domingo en la casa nueva, abrió la puerta de la terraza.

La perra se tumbó al sol.

— Al final no te salvé yo de que te echaran, dijo Amparo. Tú me enseñaste a dejar de pedir permiso para quedarnos.

Luna levantó una oreja y volvió a dormirse.

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Fajna Tajna
Durante semanas, Amparo se repitió que Luna estaría mejor en una finca. La noche antes de entregarla, una sombra trepó por el patio interior y entró en su casa.