Mercedes llevaba años quejándose del olor que salía del piso de su vecina.
La señora Pilar vivía sola en un edificio antiguo de Zaragoza y cuidaba a varios gatos.
— Son siete. Esto acabará siendo una plaga —repetía Mercedes.
La comunidad envió una inspección, pero el piso estaba limpio y los animales bien atendidos.
Mercedes decidió vigilar por su cuenta.
Anotaba las visitas, las bolsas de comida y las horas en que se apagaban las luces.
Pronto descubrió algo extraño: Pilar compraba vendas, jeringas y medicamentos para personas.
Una noche, Mercedes oyó una tos masculina detrás de la puerta.
— ¿Hay alguien viviendo con usted?
— No.
Días después, un apagón dejó el edificio a oscuras.
La puerta de Pilar estaba entreabierta.
Un gato salió, maulló y regresó al interior.
Mercedes entró con la linterna del móvil.
Encontró a Pilar desmayada junto al sofá.
En la habitación había una cama, un gotero y un hombre muy delgado.
Mercedes iluminó su rostro.
Era Julián, el antiguo marido de Pilar, a quien todos creían muerto desde hacía siete años.
Pero lo más extraño estaba sobre la mesa.
Una fotografía reciente mostraba al hombre frente a la casa de la propia Mercedes.
— ¿Por qué me estaba vigilando? preguntó ella.
Julián negó débilmente con la cabeza.
— No era yo quien la vigilaba.
La fotografía había sido tomada por otra persona. En el reverso aparecía una fecha y una frase:
“La vecina sigue observándolo todo.”
Pilar explicó que Julián había trabajado como investigador privado. Antes de desaparecer, investigaba una red de estafas inmobiliarias que se aprovechaba de ancianos que vivían solos.
Mercedes figuraba en una lista de posibles víctimas.
Años atrás, un supuesto asesor había intentado convencerla de vender su piso y firmar un poder notarial. Ella se negó, pero nunca denunció el hecho.
Julián reunió pruebas contra el grupo, pero fue amenazado. Simuló su muerte y huyó.
Regresó cuando supo que Mercedes y otros vecinos volvían a recibir llamadas de la misma empresa.
— ¿Por qué no acudieron a la policía?
— Lo hicimos, respondió Pilar. Alguien avisó a los estafadores.
La fotografía demostraba que todavía controlaban el edificio.
Mercedes llamó a emergencias y entregó la carpeta encontrada junto a la cama.
La policía organizó una operación. El falso asesor volvió a contactar con ella y Mercedes aceptó una reunión, esta vez con agentes escuchando.
La red fue detenida.
Julián vivió lo suficiente para saber que las pruebas habían servido.
Murió dos meses después.
Mercedes dejó de hablar de “la loca de los gatos”.
La tubería rota bajo la cocina de Pilar fue reparada y el olor desapareció.
Un día, Pilar encontró una bolsa de arena para gatos frente a su puerta.
Mercedes fingió que no sabía quién la había dejado.
— Alguien debe haberse confundido de piso, dijo.
Pilar sonrió por primera vez.
— Sí. Alguien llevaba años confundido.
