“Javier descubrió que su hijo había falsificado más que un testamento.”
Clara observó cómo el localizador permanecía en el edificio donde vivía Isabel.
Antes de enfrentarse a Daniel, fue al banco.
En la caja de seguridad encontró los contratos originales, el verdadero testamento de Javier y una copia de las grabaciones de la oficina.
El testamento auténtico le dejaba a Clara la casa de Alcalá de Henares y su parte de la empresa. Daniel solo recibiría acciones después de una auditoría.
La grabación mostraba a Javier enfrentándose a Daniel e Isabel.
— Habéis hipotecado propiedades y falsificado mi firma.
— La empresa iba a ser mía algún día, respondió Daniel.
— Después de esto, no.
Javier anunció que iría a la policía.
Durante la discusión sufrió el infarto.
Daniel quiso llamar a emergencias, pero Isabel le pidió que encontrara primero la carpeta con las pruebas.
Perdieron minutos decisivos.
Después organizaron la aparición del falso testamento y utilizaron al abogado Álvaro Ruiz para darle apariencia legal.
Clara entregó las pruebas a la policía.
Los tres fueron detenidos cuando trataban de sacar archivos del despacho de Javier.
Daniel encontró el localizador durante el registro.
— Me has tendido una trampa.
— Tú construiste la trampa. Yo solo seguí el camino que dejaste.
— No quería que papá muriera.
— Pero cuando cayó, preferiste salvar el negocio que estabas robando.
El falso testamento fue anulado. Las ventas fraudulentas quedaron bloqueadas y Clara recuperó las llaves.
Cuando Daniel pidió perdón, ella respondió:
— Tal vez algún día pueda perdonar al hijo que fuiste. Pero el hombre que vio a su padre en el suelo tendrá que responder por lo que eligió.
Clara mantuvo abierta la empresa y protegió los empleos.
No necesitaba vengarse.
La verdad y la justicia eran suficientes.
Daniel había dicho que ella ya no pertenecía a la familia.
Sin embargo, una familia no desaparece porque alguien pronuncie una frase cruel.
Desaparece dentro de quien decide que una herencia vale más que la vida de su propio padre.
