— Y sobre nosotros… — continuó Álvaro—, no quiero despedirme fingiendo que ya no me importas.
Marta apretó el asa del transportín.
— El tren se va.
— Que se vaya.
Las puertas se cerraron.
Álvaro observó cómo el tren salía de Atocha sin él.
— Has perdido el billete, dijo Marta.
— Lo sé.
— Y quizá el trabajo.
— Llamaré.
— No puedes arreglarlo todo quedándote en el último segundo.
— No intento arreglarlo. Intento dejar de huir.
Regresaron al piso.
Rayas salió del transportín, recorrió cada habitación y acabó tumbado en su rincón del sofá.
Álvaro dejó la maleta junto a la puerta.
— No voy a deshacerla todavía, dijo.
Hablaron durante horas.
Marta le contó que se había sentido sola incluso cuando él dormía a su lado. Álvaro admitió que había convertido el trabajo en una excusa para no enfrentarse a sus problemas.
No decidieron volver esa noche.
Álvaro viajó a Valencia dos días después y empezó su nuevo empleo.
Durante meses mantuvieron una relación a distancia, con terapia, visitas y conversaciones incómodas.
Rayas seguía viviendo con Marta.
Cuando Álvaro regresaba, el gato lo recibía con indiferencia durante cinco minutos y después se acomodaba sobre su pecho.
Un año más tarde, Álvaro consiguió trasladarse de nuevo a Madrid.
Él y Marta alquilaron un piso distinto.
No quisieron volver al lugar donde habían aprendido a callarse.
Rayas fue el primero en entrar. Recorrió las habitaciones, eligió una ventana y se tumbó al sol.
— Parece que aprueba la casa, dijo Marta.
— Falta saber si nos aprueba a nosotros.
Ella le tomó la mano.
No fue el gato quien salvó su relación.
Fue la decisión de no usarlo como excusa, propiedad o consuelo.
Rayas solo les mostró algo que ellos habían olvidado: un hogar no es el lugar al que arrastras a quien amas.
Es el lugar donde todos pueden respirar sin miedo.
