“Busco mujer delgada, con piso propio, que me cuide”: respondí al perfil de un “príncipe” de casi 60 años y decidí ponerlo a prueba…
Hacía tiempo que había eliminado todas las aplicaciones de citas. No por tragedia, ni por despecho. Simplemente por cansancio.
Una piensa que, a cierta edad, la gente ya ha aprendido algo. Que después de matrimonios, divorcios, hijos, trabajos, hipotecas y unas cuantas decepciones, las personas saben mirarse con un poco de realismo.
Pero no.
El viernes pasado, mi amiga empezó a mandarme capturas de perfiles de una app de citas. Me leía las descripciones en voz alta y se reía tanto que al final me contagió.
— Carmen, instálala otra vez. No para buscar novio. Para entretenernos.
Dije que no.
Luego dije: solo diez minutos.
Y en esos diez minutos encontré oro puro.
En la pantalla aparecía un hombre con una expresión muy seria. De esas caras que dicen: “Yo soy el premio, vosotras haced fila”. La foto estaba tomada desde abajo, supongo que para parecer más imponente. En el perfil ponía 58 años. No quiero ser cruel, pero digamos que 58 sonaba más a deseo que a dato.
Se llamaba Manuel.
Detrás de él se veía un mueble antiguo, unas cortinas pesadas y un salón que parecía detenido en otra década. Eso no me importó. Cada uno vive como quiere.
Lo fuerte estaba en la descripción.
La leí una vez. Luego otra. Luego se la mandé a mi amiga con un: “¿Esto es real?”
Decía algo así:
“Busco mujer para relación seria. Máximo 45 años. Delgada, cuidada, sin sobrepeso y sin malos hábitos. Imprescindible vivienda propia, porque no voy a llevar a nadie a mi casa — ya estoy cansado de mujeres interesadas en los metros de un hombre. Preferiblemente sin hijos. Debe saber cocinar, crear un hogar acogedor, cuidar de su hombre y no montar dramas. Mujeres con problemas económicos, abstenerse.”
Me quedé sentada en el sofá mirando el móvil.
O sea, don Manuel buscaba una mujer más joven, delgada, sin hijos, sin problemas, con piso propio en Madrid, que lo recibiera en su casa, le hiciera tortilla, croquetas, le cuidara, le admirara y encima no molestara.
Muy humilde todo.
Normalmente paso de largo este tipo de perfiles. No merece la pena discutir con alguien que ya se ha puesto una corona imaginaria.
Pero esa noche me pudo la curiosidad.
Pensé: vamos a ver qué responde este hombre cuando cree que ha encontrado exactamente lo que pide.
Mi perfil estaba casi vacío. Solo tenía una foto de espaldas, junto al mar. Sin cara. Edad: 43.
Le escribí primero.
“Buenas noches, Manuel. He leído su perfil y he pensado: por fin un hombre que sabe lo que quiere. Creo que encajo. Soy delgada, vivo sola en mi piso de tres habitaciones en el centro de Madrid, me encanta cocinar tortilla, croquetas y postres caseros. Solo me falta encontrar un hombre al que cuidar. ¿Sigue usted libre?”
La respuesta llegó en menos de tres minutos.
Manuel no buscaba el amor. Manuel lo vigilaba.
“Buenas noches, Carmen. Por fin una mujer normal. Aquí la mayoría solo exige. Usted parece sensata. ¿El piso es realmente suyo? ¿Y estaría dispuesta a recibir a un hombre serio en su casa?”
Sonreí.
Pero cuando llegó su siguiente mensaje, entendí que mi pequeña prueba acababa de ponerse mucho más interesante.
“Le voy a hablar claro”, escribió. “Si nos entendemos, yo no soy de perder el tiempo. Podría mudarme pronto. No necesito grandes lujos. Solo una habitación tranquila, comida caliente y una mujer que sepa cuidar de un hombre.”
Me quedé mirando la pantalla.
Luego llegó otro mensaje.
“Mi pensión no es gran cosa, pero en una relación no todo es dinero. Yo puedo aportar compañía, experiencia y presencia masculina.”
Presencia masculina.
Ahí ya solté una carcajada.
Me imaginé a Manuel instalado en mi supuesto piso del centro de Madrid, esperando croquetas, café, ropa limpia y silencio, mientras él aportaba “presencia masculina” desde el sofá.
Le contesté:
“Me parece bien hablar claro. Yo también soy práctica. Si un hombre va a entrar en mi casa, tengo mis condiciones.”
Tardó unos segundos.
“Eso me gusta. Una mujer seria debe tener cabeza.”
Perfecto.
Abrí una libreta y escribí una lista.
“Condiciones para aceptar a un hombre en mi piso.”
Puse:
- Informe médico actualizado.
- Justificante de pensión e ingresos.
- Certificado de no tener deudas.
- Participación mensual en gastos, comida y suministros.
- Turnos de cocina, limpieza y compra.
- Respeto absoluto por mi trabajo, mi descanso, mis amigas y mi espacio.
- Prohibido opinar sobre mi cuerpo, mi edad o mi forma de vestir.
- Cuidar no significa servir. Una mujer no es una enfermera gratis.
No se la envié todavía.
Le propuse vernos al día siguiente en una cafetería del barrio.
Manuel respondió:
“¿Cafetería? Si usted tiene piso y va en serio, lo lógico sería que me invitara a verlo.”
Ahí ya se le veía la prisa.
“Manuel, no invito a desconocidos a mi casa.”
“Entonces no confía en mí.”
“Claro que no. No lo conozco.”
“Las mujeres de ahora están llenas de sospechas.”
“No. Las mujeres de ahora aprendieron a cerrar la puerta.”
No contestó durante un rato. Luego aceptó el café.
Al día siguiente llegué diez minutos antes. Mi amiga se sentó en una mesa al fondo, fingiendo mirar el móvil. No hacía falta, pero yo quería testigo. Porque estas situaciones, contadas después, siempre parecen exageradas. Y no. A veces la realidad viene ya exagerada de fábrica.
Manuel llegó tarde.
En persona parecía más cansado que en la foto. Más pequeño también. Eso no me molestó. Nadie tiene obligación de parecer joven eternamente. Lo que sí me molestó fue la forma en que me miró: de arriba abajo, como revisando si el producto correspondía al anuncio.
Se sentó sin disculparse.
“Pensé que sería usted más joven.”
“Y yo pensé que usted tendría 58.”
Se quedó serio.
El camarero vino. Manuel pidió café con leche y tarta. Ni preguntó si yo quería algo. Luego se inclinó sobre la mesa.
“Bueno, Carmen. Hábleme del piso.”
No de mí. No de mi vida. No de quién era. Del piso.
Saqué la hoja doblada del bolso.
“Claro. Pero antes quiero hablar de sus condiciones como candidato.”
Frunció el ceño.
“¿Candidato?”
“Sí. Usted tiene requisitos para las mujeres. Yo tengo requisitos para los hombres que quieren vivir en mi casa.”
Le pasé la lista.
La leyó rápido. Al principio sonrió, pensando que era broma. Después dejó de sonreír.
“¿Informe médico? ¿Ingresos? ¿Gastos? ¿Turnos de limpieza? ¿Pero esto qué es?”
“Sentido común.”
“Usted me está humillando.”
“No. Estoy usando su mismo sistema.”
“Pero no es lo mismo.”
“¿Por qué?”
“Porque una mujer, si quiere a un hombre, lo cuida.”
“Y un hombre, si quiere a una mujer, ¿qué hace?”
Se quedó callado.
Ahí estaba todo.
No necesitaba insultarlo. No hacía falta subir la voz. Él mismo había dejado el hueco perfecto.
“Manuel”, dije tranquila, “usted no busca pareja. Busca alojamiento, comida y cuidados. Pero quiere llamarlo amor para no sentirse mal.”
Se puso rojo.
“Yo ofrezco estabilidad.”
“¿Cuál? No quiere recibir a nadie en su casa. No quiere pagar. No quiere cuidar. No quiere aceptar mujeres con hijos, con kilos, con problemas ni con opinión. Usted no ofrece estabilidad. Ofrece exigencias.”
Golpeó la mesa con los dedos.
“Las mujeres de hoy no saben respetar a un hombre.”
“No”, respondí. “Lo que pasa es que muchas ya no confunden respeto con servidumbre.”
Se levantó tan rápido que casi tiró la silla.
“Con esa actitud se va a quedar sola.”
“Puede ser”, dije. “Pero estar sola en mi casa me parece bastante mejor que vivir con alguien que cree que respirar ya es una aportación.”
Se fue sin pagar.
Sí. Sin pagar.
Mi amiga apareció un minuto después, se sentó frente a mí y se comió la tarta que él había dejado pedida.
“Carmen”, dijo, “esto hay que escribirlo.”
Yo miré por la ventana. Manuel caminaba por la acera con paso ofendido, como si el mundo acabara de cometer una injusticia terrible contra él.
Esa noche volví a entrar en su perfil. Había cambiado la descripción.
Añadió una frase nueva:
“Mujeres feministas, desconfiadas y conflictivas, abstenerse.”
Me reí. Pero luego pensé que, en el fondo, no daba tanta risa.
Porque Manuel no era un caso único. Era solo una versión muy descarada de algo que muchas mujeres han visto: hombres que no buscan amor, sino comodidad; que no quieren una compañera, sino una solución doméstica; que no ofrecen ternura, pero exigen entrega.
Y no, envejecer no es vergonzoso. Tener poca pensión tampoco. Necesitar compañía tampoco.
Lo vergonzoso es creer que una mujer debe sentirse afortunada por convertirse en tu casa, tu cocina, tu enfermera y tu público.
Yo borré la aplicación otra vez.
Esta vez sin rabia.
Solo con una conclusión clara: una mujer puede querer cuidar, amar y compartir. Pero cuando alguien llega exigiendo cuidados como si fueran un derecho, lo más sano es abrirle la puerta.
Pero para que salga.
