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— Era como un llanto, doctor. Casi sin fuerza. Y venía de la nieve. Andrés se quedó callado.

Lucía bajó corriendo del coche. — Buenos días. Yo la vi ayer. ¿Está usted solita? Marta se acercó avergonzada.

— Silvia, hija mía… soy yo. La mujer del abrigo caro retrocedió con gesto de asco, como si aquella anciana

La ventisca de enero golpeaba las calles como si quisiera arrancarles el último resto de vida.

— Firma, Elena. Ya has vivido aquí bastante tiempo como si la casa fuera solo tuya. Marcos dejó caer

Odié a Mario durante todos esos años. No de forma escandalosa. No hablando de él a cada momento.

Hace un año me casé con Elisa. Ya no éramos jóvenes en el sentido inocente de la palabra. Yo tenía treinta

A los setenta años, por primera vez, reservé un tratamiento para mi espalda en lugar de cuidar a mis

— Soy un hombre que destaca. No soy para una mujer cualquiera, sino para una mujer con estatus, dijo

Daniel me lo advirtió desde el principio: — Yo no soy de flores, regalos ni esas cosas. Tenía cuarenta
